martes, 26 de noviembre de 2013

Viejos Amigos.


“Creo que es la que sigue”. Se dijo a sí mismo, mientras miraba el directorio del metro. Hacía ya un tiempo desde que había pasado por ahí, y mirando a través de la ventana, advirtió la presencia de un viejo vagón de ferrocarril abandonado. “Un buen lugar para pensar­”, se dijo. Y, entonces, se propuso visitarlo cuando necesitara algún respiro.
Y por fin había llegado el día. Tomó el metro una mañana y se dirigió a la estación donde recordaba haberla visto.
El metro se detuvo con un rechinido y un frenado típico. Tras esperar a que saliera el tropel de personas, descendió apenas justo cuando la alarma de las puertas avisó que cerrarían en cualquier momento. Subió las escaleras y divisó desde arriba de la estación el panorama que le rodeaba. Allá, unas cuatro cuadras más adelante, después del mercadito, se veían las viejas vías y el vagón abandonado.

Palpó su morral. Todo estaba en orden. El cuaderno, la pluma, la botella de agua, un chocolate, sus audífonos, la sudadera. Todo en orden. Bajó las escaleras apresuradamente, junto al barandal. Siempre le habían puesto algo nervioso las escaleras, o mejor dicho, las caídas en una escalera. Ya abajo, caminó en dirección a las vías. Distraído por los puestos y changarros que se topaba en el camino, el traslado de la estación al vagón abandonado le tomó más de media hora. No le importó.
Había visto, entre otras cosas, amuletos, atrapasueños, hitters, puestos de comida, libros viejos, ropa exótica, perfumes raros; algunos puestos tenían terapias medicinales con abejas, otros con moxibustión, algunas tiendas donde daban masajes, etcétera.
“Curioso tianguis”, pensó. “Nunca había visto uno así”, se dijo.

Ya fuera del tianguis, bajo el sol quemante del medio día, apresuró el paso para llegar al vagón. “Hubiera traído mi gorra”, pensó, “el sol está fuertísimo”. Las vías estaban un tanto elevadas del nivel del piso. Aproximadamente unos tres metros. Más adelante, las calles se perdían en una depresión no muy pronunciada, que daban la oportunidad de apreciar los techos de un vecindario extraño.
Rodeó el vagón, y sentándose en un costado del mismo, comenzó a pensar. Miraba el cielo. Las nubes cambiaban de forma caprichosa. Ora parecían un ave, ora un automóvil, ora un matraz, ora otra cosa. El viento arrastraba el perfume de las yerbas crecidas con el tiempo. Cerró los ojos un momento. Encontró un poco de paz.

“¿Qué tal si no existe la felicidad ni la tristeza? ¿Qué tal si solo son inventos? Inventos que la gente se hace para estar siempre en movimiento. Siempre en busca de la felicidad y siempre evadiendo la tristeza. ¿Y si solo existen la paz y la pasión?”. Preguntándose un sinfín de cosas, cavilando ideas y descarrilando en otras, escribía y escribía, absorto en su libreta, hasta el atardecer. Luego sintió hambre. Se levantó, se sacudió el polvo de las nalgas, y caminó hacia el metro.
Veía el tianguis levantándose: las lonas en el piso, los tubos y barras en una sinfonía metálica, típica de cuando se levanta un tianguis, le traían buenos recuerdos de la infancia. Recordó cuando su abuela lo llevaba al tianguis de la Santa Juanita, a un lado del Canal, cuando éste aún no estaba emparedado. Recordaba que, a pesar de aquél olor fétido a mierda, le gustaba acercarse a arrancar las flores púrpuras que crecían entre la hierba. Le gustaba arrojar piedras y ver los enormes tubos descargando las aguas negras. Esa agua… Cómo recordaba esa agua. Ese cauce silencioso y tétrico. Siempre gris,  tranquilo y frío, como un espejo. Quién sabe qué horrores aguardaban en la profundidad del canal de aguas negras. Todos estos recuerdos acudían a él gracias a la curiosa sinfonía.

Ya en el metro, después de que la alarma de las puertas avisara el cierre de las mismas, se dispuso a leer un poco, tras lo cual, dormitó un rato apoyando su cabeza en la ventana. Antes de cerrar los ojos, miró sobre la ciudad. “Skyline”, pensó. Una palabra que recién había aprendido. Y entonces cerró los ojos, y se quedó dormido.

Al sábado siguiente, repitió su empresa. Se alistó, sin olvidar la gorra para evitar la resolana, y se salió al cuarto para las doce. Llegando, atravesó el tianguis con la misma calma que la vez anterior. Ver las baratijas siempre lo ponía de buenas, oler la fruta, escuchar la gente. “¿Cómo es posible que prefiera esto, que ir a una plaza de abolengo?”, se dijo. “Pffff… Olvídalo, es obvio por qué”. Y tras haberse respondido, se acercó a observar las frutas que vendía una señora, justo en frente.
—­¿Cómo se llama? —preguntó, mientras señalaba lo que para él era una guayaba gigante. —Es membrillo, a quince el kilo. —Respondió de forma déspota la mujer.
— ¿Y cuánto por uno? —preguntó sin mirarla.
—Tres pesos, —dijo ella, un tanto extrañada. Él pagó, ella le entregó el membrillo y después de recibirlo, le preguntó
— ¿Y cómo se come? —Ella lo miró un momento, después respondió, —Pues se hace en mermelada, o lo puedes comer con limón y chile, muy agrio. —Eso último había sonado como a una especie de advertencia, pero a él no le importó. Siguió su camino hacia las vías.

Ya en su sitio, el que él consideraba su sitio, su lugar para pensar, se sentó donde siempre. Limpió un poco el membrillo de una extraña pelusilla y le dio una mordida. Era cierto, en verdad el membrillo era la fruta más agria que había probado. Más agria aún que la cáscara de las granadas, una de sus frutas favoritas. “Todos los frutos merecen ser probados”, se dijo. Y entonces dio otro mordisco, disimulando más la mueca de su cara. Acto seguido, anotó su frase en el cuaderno.
Ya perdido en sus elucubraciones, avanzado un poco el tiempo, pero con el sol aún sobre el cielo, sintió ganas de fumar un poco.
“¿Y si viene alguien?”, se preguntó. “No… no creo. Nadie suele acercarse a unas vías abandonadas”, respondióse. Entonces sacó su hitter de la bolsa, encendió el fuego y dio una ligera calada. El vidrio se calentó ligeramente. Contuvo la respiración un momento, luego exhaló. Y regresó a sus notas.

De pronto, un ruido se escuchó del otro lado del vagón. Como si alguien anduviera sobre el techo derruido de éste. Acto seguido, un par de pies cayeron pesadamente al polvo de las vías. Su corazón comenzó a latir rápidamente. Las manos le sudaron en frío. Maldiciendo en su cabeza, guardó todo, apresuró a levantarse y justo antes de dar el primer paso, una voz detrás de él le habló.
—Hola banda. ¿Oye, traes mota, carnal? —Él se volvió para poder ver a su interlocutor, lo miró fijamente a los ojos. Luego calló un rato. Entonces el extraño volvió a hablar. —Regálame un toque; ¿no, compa? —El extraño traía un cuaderno de dibujo en su mano. Alentado por sus estereotipos, concluyó que quizás no era peligroso. —Claro, viejo —y sacó su hitter de la bolsa. Le entregó el encendedor y el extraño fumó un poco. Calar, aguantar, exhalar. Luego el extraño volvió a hablar.
— ¿Qué haciendo por acá, banda?
—Vengo a pensar, —respondió, —a escribir y a distraerme un rato, —añadió.
—Está bien chido aquí ¿Qué no?, —replicó el extraño, con una sonrisa, mientras se acercaba.
—Sí, de hecho me recuerda a un lugar a donde yo iba de pequeño con mi abuela —Respondió, ya perdiendo un tanto los nervios que al principio lo habían aquejado.

—Me llamo Adán, —se presentó el extraño, mientras extendía su mano.
—Yo Tonatiuh, pero puedes decirme Tona, un gusto. —Dijo, mientras correspondía el saludo.
— ¿Tú a qué vienes acá?, Adán, —dijo mientras se encaminaba de nuevo a su asiento.
—Vengo a dibujar, wey. A distraerme un rato igual.
—Sí, es un buen lugar para alejarse de todo, ¿no?
—Simón.
Se sentó de nuevo, y Adán se sentó a su lado.
— ¿Qué escribes, viejo? ¿Poemas? —Adán mostraba un poco de curiosidad por su cuaderno.
—Sí, wey. Poemas, cuentos, frases. Ta’ chido escribir. Me ayuda a desahogarme un poco.
—A va, simón. Yo también escribo a veces. Ahorita me ha dado por dibujar.
— ¿Eres paisajista?
—Puessssss… —Acentuó la “s” de modo que sonó como el seseo de una víbora. —Dibujo lo que veo, wey. A veces paisajes, gente, lo que sea. No me centro en algo en específico.
—A va, va. ¿Y a qué hora llegaste, wey? Que ni cuenta me di.
—Hace un rato, me gusta treparme acá arriba. Se ve chingón el paisaje. ¿No has subido?
—Nel. ¿Hace cuánto? —Volvió a preguntar, pues no le gustaba que sus preguntas quedaran sin respuesta. Y añadió —Conocí éste lugar apenas hace una semana. Es la segunda vez que vengo.
— ¿Y eso qué, wey? —Preguntó Adán, como si no entendiera el por qué no había subido. —Llegue hace como dos horas. Seguro andabas pachequillo, por eso no escuchaste cuando me trepé.
—No. Estaba inmerso en mis ideas, ya ves. —Luego se rio un poco, y agregó —No me había preguntado si podía treparme o no. Y por cierto, me acababa de dar el primer toque cuando me hablaste.

Ambos caminaron rodeando el vagón grafiteado. Al otro extremo, una escalerilla de mano, que estaba conformada por un montón de tubos en forma de “U” soldados al vagón, se erigía en un costado de una portezuela desvencijada. Primero subió Adán. Ya arriba, miró desde lo alto a Tonatiuh.
— ¿No subes? —Preguntó, invitando a Tona a subir también. Éste guardó silencio un rato. Luego Adán se hincó y extendió su mano. —Ven, no seas coyón.
Un ligero resoplido se escapó de su boca. “Puta madre, ¿y si me caigo? ¿Éste wey quién es?”, se decía a sí mismo. Y sin darse cuenta, ya tenía sus manos en los tubos, mientras subía.
Con un poco de esfuerzo, por fin ambos estaban arriba. Entonces Tonatiuh miró a su alrededor. La vista era verdaderamente hermosa. “Skyline”, se repitió. El término en inglés que recién había aprendido para designar “panorama urbano”.
—No ma, se ve bien chido. —Dijo, mientras se sentaba cuidadosamente sobre el techo derruido.
“¡Uy!” Gritó Adán detrás de él, mientras le daba un ligero empujoncillo.
— ¡No, Cabrón! —Gritó, mientras se aferraba con los dedos a la superficie oxidada.
Ambos se desternillaron de risa. Luego Adán se sentó también.
—Perdón, wey. Es coto. —Dijo, mientras guardaba su cuaderno de dibujo en su mochila.

Y así estuvieron un buen rato. Fumando y platicando un poco de cualquier cosa. Del mercado, de dónde vivían, de qué estudiaban. Adán era antropólogo. Tonatiuh aún estaba estudiando.

—Yo ya terminé la carrera wey, ahorita estoy haciendo mi tesis. Ando trabajando en el INAH. ¿Y tú?
—Pues voy a terminar apenas, estoy estudiando para ser Entomólogo.
—Órale, ¿te laten los bichos?
—Seh. Sobre todo los artrópodos, los que tienen muchas patas. En especial los arácnidos.
—Ah va, pos esta chido.
— ¿Vienes siempre aquí?
—Si wey, desde hace como unos… —hizo una pausa, luego contó con los dedos, y recordó; —ya va para tres meses.
— ¿Y por qué no viniste el fin pasado? No te vi. A menos que haya estado en mi pedo, como hoy.
—Nel, no vine. Tuve pedos en mi casa, wey. Por mi vieja.
—Oh, ya veo. ¿Cuánto llevas con tu novia?
—Vamos para tres años, ya.
—Órale. ¿Y por qué se enojó?
—Pues no fue tanto por ella, sino por su mamá, wey. Se emputó porque le queríamos dejar al bebé. Entonces tuvimos que dejárselo a la mía, pero ps vive bien lejos. Y entre el ir y venir, pues ya no tuve tiempo de pasar a dibujar.
—Ya. Que mal que no se preste a ayudarlos.
—Si se presta, pero ps quién sabe que tenía ese día con Lili, yo creo estaban enojadas. El pedo es que teníamos que ver algo del depa. —Dijo con desgano. —Porque no vivo con ella, wey. Pero ahorita estamos viendo si rentamos un depa que nos quede céntrico a los dos, ¿me explico? Y no queríamos llevarnos al bebé porque está chiquito. Tiene dos meses.
—Ah va. ¿Y cómo se llama?
— ¿Mi vieja?
—No, wey. Tu bebé.
—Uriel.
Y así siguieron platicando. Y se siguieron viendo cada fin de semana, durante dos meses. A veces solo fumaban. A veces, ambos se sumergían en sus asuntos, sin decir palabra alguna. De vez en cuando uno faltaba. Luego, pasados los dos meses, comenzaron a compartir su trabajo.

— ¿Ves esto? —Dijo Adán, señalando un dibujo. —Quería dibujar un pájaro que se había posado en esa rama. Pero se fue volando antes de que terminara. Quise retener la imagen en mi memoria, para poder dibujarlo, pero mejor empecé a divagar y ve. —Volvió a señalar.
— ¿Es un fénix? —Preguntó, un tanto temeroso de no acertar.
— ¿Si parece?
—Si wey, está chido. Me gusta el detalle de la cola. ¿Cómo se te ocurrió?
—Pues no sé, de repente me salió. ¿Igual porque se estaba poniendo el sol?
—No sé. ¿Puedo ver?

Tomó el cuaderno de dibujos. Y observó. Miró el mismo paisaje unas cinco veces. Repetidas. Pero antes de decir alguna cosa, volvió a echar una ojeada. No era el mismo paisaje. Era la misma fuente, sí. El mismo panorama urbano. Pero dibujado de forma distinta cada vez.
— ¿El mismo paisaje cinco veces? —Preguntó. Y antes de que Adán pudiera dar una respuesta, siguió hablando. —Yo también creo que hay belleza en la ciudad wey. No creo que la belleza exista solamente en la naturaleza. Creo que hay belleza en los techos polvorientos, los tinacos enlamados, las manchas de óxido del vagón abandonado, hasta los animales muertos, apestandóse, hirviendo de gusanos bajo el sol quemante, tienen algo de belleza. ¿Me explico? Charles Baudelaire lo expresó en un poema, Una carroña, se llama. —Hizo una pausa, miró a Adán, luego siguió. —Es como una forma de constatar que el entorno está vivo, y que envejece. Creo que solo así puedes saber que algo está realmente vivo. Porque va envejeciendo y muriendo. Y notarlo así, se me hace como… padre. ¿Me explico? No tengo nada en contra de las cosas que solemos llamar “Eternas” —Hizo un ademán de comillas con los dedos. —Pero creo que algo es más bello aún, cuando estás consciente de que no durará para siempre. Considero que, incluso las estrellas que viven millones de años, y que también envejecen y mueren, considero que cuando ves así las cosas, se tornan más hermosas, ¿me explico? Porque todo no es más que un parpadeo. Un parpadeo justo en medio de dos eternidades. Dura lo mismo la vida de una flor, de una abeja, de un ave, de una persona, de una estrella incluso, cuando la centras entre una infinidad de tiempo que ya ha pasado y una eternidad de tiempo que le sigue. Y así cada existencia, se reduce a nada más que un parpadeo. —Suspiró un poco, para inhalar el aroma de la hierba fresca. —He venido aquí, a apreciar el mismo atardecer desde hace ya un par de meses, y siempre lo encuentro hermosamente diferente al anterior. Nada es lo mismo, wey. Todo está en movimiento, aunque aparente estar siempre quieto. Y en cada movimiento, un poco de entropía degenera las cosas. Las lleva a su fin. Es un orden perfecto, pero en estado de caos microscópico. No sé si me dé a entender. Es como… cuando contemplas una selva inmensa, y la vez quieta y silenciosa, o un desierto, lo que sea. Pero si te fijas bien, puedes darte cuenta de que los árboles crecen aunque sea un mílimetro, que hay hormigas por ahí, apuradas, que hay materia pudriéndose, nutriendo la tierra para qué ésta albergue nueva vida en su seno. ¿Me explico? Creo que por eso estudié ciencias naturales. Es una forma de acercarme a la belleza de todo, desde mi enfoque, a mi forma de verlo. 
Volvió a mirarlo.
—Sí, wey. Te entiendo perfectamente. Y concuerdo en lo que dices. Todo es como un ciclo.
—Exacto. A veces me gusta pensar, que a diferencia de lo que creemos, el verdadero comienzo está en la muerte.
—Uróboros. —Dijo Adán, mientras miraba el horizonte.
— ¿He? —Volteó a verlo Tonatiuh, sin haber escuchado lo que dijo.
—Ouroboros, uróboros. La serpiente que muerde su propia cola. El ciclo eterno de las cosas, vida y muerte, el eterno retorno, etcétera.
— ¿Crees en vidas pasadas, wey? ¿En la reencarnación?
—Sí. De hecho siento que ya te conocía desde antes, wey.
—Sí, creo que yo también siento eso. —Entregó el cuaderno de dibujo a Adán. —Sospecho que así pasará con todos tarde o temprano. Creo que todos somos gotas de un mismo océano. ¿Sabes? Y que en la vorágine caótica de todo esto —levantó las manos, abarcando el cielo, —a veces somos separados de ése océano, ¿me explico? Como dos gotas de agua que son separadas, en una tormenta. Una termina formando parte de una nube viajera, y acaba alimentando una planta sedienta en medio del desierto; mientras otra termina convertida en nieve, o en…
—Pipí. —Dijo Adán, interrumpiendo el drama del momento. Ambos rieron.
—Sí, wey. En pipí.
—Pues esta cabrón, ¿no? Que así como lo pones, dos gotas de agua se encuentren entre todo ese desmadre. —Dijo, mientras dibujaba el atardecer de aquél día de Abril.
—Sí. —Respondió secamente Tonatiuh mientras garrapateaba una frase en su cuaderno.
—Pues entonces creo que tuvimos suerte, viejo.

Entonces Tonatiuh, leyendo para sí lo que recién había escrito, recitó en su mente:
“…Como dos gotas de agua separadas del océano
Dos viejos amigos se volvieron a encontrar
Como lágrima al llorar, Como sangre al emanar
Cuyas gotas, con el tiempo, volverán a unirse al mar…”

Miró Tonatiuh seriamente a Adán. Quería decir algo, sin embargo, una parte de él temía que éste se burlara de lo que estaba a punto de decirle; pero antes de que pudiera decir palabra alguna, Adán se adelantó.
—Te extrañé, wey.
—Yo también. —Y mientras Tonatiuh le respondía, ambos se dieron un fraternal abrazo.
Después de un corto silencio, Adán habló.
—Creo que ya tengo que irme, Tona. Tengo que estar con mi bebé. Me hace bien venir aquí, me da paz, pero quiero pasar todo el tiempo que pueda con mi familia. Hoy toca que se quede en casa de mi madre.
—Sí, ya es algo tarde. —Ambos bajaron del vagón derruido.
—Por cierto. —Dijo Tonatiuh. —Toma.
Y entregó a Adán una pulserita. —Es para Uriel.
—Gracias, wey.
—Por nada. Serás un buen padre, Adán. Recuerda que tener hijos, es un curso intensivo para a amar a alguien más que a nosotros mismos. Dale mucho amor a Uriel. Saludos a Lili.
—Gracias. —Dijo, mientras se despedía. —Te aseguro que amor es lo que menos les va a faltar.
—Seguramente. —Sonrió. Y entonces ambos se alejaron.

Ya en el metro, Tonatiuh volvió a mirar el horizonte a través de la ventana. “Tan solo un parpadeo”, se dijo, “Tan solo una gota de agua, en un inmenso océano”, pensó.
Y volvió a quedarse dormido mientras admiraba los cerros negros, en cuyas cumbres, resplandecían las luces soñolientas de las casas a lo lejos.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario