miércoles, 6 de noviembre de 2013

Consejos

-Toma éstas palabras de quién vienen. Sabe que los consejos que te doy provienen de una mente enferma y corrupta. Hace muchas lunas yo mismo destruí algo hermoso pensando que su ausencia fue un castigo por un error mío. Un castigo demasiado severo, cruel, injusto... Bebí el veneno del rencor esperando que le hiciera daño. Ella lo notó. Lo notó en mi mirada, en mi voz, en mis caricias. Entonces se alejó aún más; y más la odié. Más se alejó todavía, hasta que, sin darme cuenta, treinta y cinco mil veces la luna ya había girado. El señor de las moscas me había castigado, muchacho.
Yo le quitaba su brillo, su fuerza, se sentía débil conmigo; y al saberme una especie de enfermedad para ella, también me alejé. Y es que la idea de ser una nube tóxica que contamina su aire, al estar en su presencia, simplemente me hizo querer apartarme. Perdí toda ambición de estar con ella sólo para resignarme a poder retener lo que quedaba: su recuerdo. Escúchame bien, muchacho, aprende a alimentar tu amor por ella con recuerdos, ese es el amor que dura.
Mi amor se murió de hambre comiendo recuerdos, cuando éstos se agriaron. Con el tiempo, las ideas me invadieron, y se volvieron tan fuertes que dejaron de ser ideas, parecía que realmente habían sucedido hechos enfermos y fantasías dolorosas, y entonces se volvieron recuerdos retorcidos. Así mi amor murió, y yo también, de alguna forma. Envenenado de rencor y enloquecido por la paranoia.
Una vez, en sueños, me habló. Me perdonó... Me dijo que ya nada importaba, me dijo que ya todo había quedado atrás. Tomé los mejores retazos y me los guardé en el corazón. La hice mi amiga, y ella me hizo su amigo, no como un consuelo o una resignación; entonces me liberó y me liberé. Ella tomó su casa y se fue en un río, hacia el mar. Siempre le gustó viajar sola. Aún conservo los talismanes que me obsequió. Espero que haya encontrado un buen hombre al otro lado del mundo. Alguien que no tuviera miedo a los enteógenos, alguien que estuviera conectado a los Dioses, alguien intrépido y aventurero, alguien fuerte, protector, amable, luminoso... No un borracho cobarde y loco que pierde su tiempo fabricando baratijas. Que los dioses guíen su camino.
-¿Conociste a alguien más, anciano?
-Si. Hace más de un siglo. La muerte roja me la arrebató. Que los Dioses le hayan concedido paz. ¿Sabes? Siempre odié el camino del eremita, y mírame. Uno encuentra su destino en el camino que elige para evitarlo. Toma un poco de experiencia a través de mis tontos errores, muchacho, y ve a por tu amada. Cruza el mar, el desierto, la selva; no importa. Y si los Dioses te distancian de ella, no permitas que ningún enjambre de ideas envenene tus recuerdos, de eso es de lo único que se alimenta el amor cuando esta lejos el otro corazón que palpita.
-Lo haré anciano. Gracias.
-Gracias a ti, muchacho. Es bueno hablar después de tantos años. Ten cuidado. Conozco éste desierto lo suficientemente bien como para saber que hay cosas que no te gustaría encontrar en tu camino. Viaja solo cuando la luna esté en su punto más alto y alumbre tu camino, lleva siempre una antorcha. En las tinieblas se esconden tus miedos, nada más. Pero éste desierto los hace carne y hueso, les da el poder de lastimarte.
-¿Por qué elegiste vivir aquí, anciano? La meseta es difícil de subir, todo es desierto a tu alrededor, tu pequeño oasis apenas te da agua y fruta que comer. ¿Por qué?
-Elegí la meseta para ver mejor las estrellas, son buenas consejeras; aparte tengo una excelente vista de todo a mi alrededor. Elegí el desierto por su silencio, sabe acompañarme solemnemente en mis momentos de tristeza y añoranza. Éste oasis me da el agua que requiero y la fruta que requiero, nada más. Mi único contacto con la gente es en el bazar de la ciudad, cuando vendo mis pociones. No pienses demasiado, muchacho. Es una maldición pensar demasiado las cosas.
-¿No el silencio y la distancia fue lo que te llevaron a perder tu mente, anciano?
-¿Sigues aquí? ¡Largo! Tu amada te odia más cada día que estás lejos de ella. ¡Vete!
El joven corrió, apartando los golpes que el anciano daba con su bastón. Ya algo lejos, pudo notar a la distancia un escalofriante espectáculo. El anciano aún poseía la osamenta de su amada. Acariciaba con infantil devoción el cráneo blanco con su pellejuda mano. La fogata proyectaba una terrible sombra en la pared de su cueva. Una vez fuera de la cueva, observó desde lo alto de la meseta el desierto. A lo lejos, la ciudad. Más allá las murallas del silencio. Al norte aguardaba su destino, una estrella brillante guiaba su camino, pero la luna, en lo alto, con su luz blanca, miraba burlona y acechante. Parecía un ojo insomne y vigilante. Haciendo caso a las advertencias del viejo loco, el joven encendió una antorcha y marchó hacía la estrella del norte. Entonces recordó las palabras del anciano: "Toma éstas palabras de quién vienen. Sabe que los consejos que te doy provienen de una mente enferma y corrupta."
Dudó. "¿Cómo puedo confiar en el consejo de un viejo enloquecido?" Entonces recordó: "No pienses demasiado".
Confundido, titubeó un momento. A lo lejos escuchó el aullido de un lobo. Entonces el miedo se apoderó de él. De día, seguramente moriría bajo el sol. De noche era menos probable desmayarse o morir de sed. Pero también temía a las criaturas y horrores del desierto.
-Es solo un viejo loco.
Se dijo a sí mismo, y avanzó.

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