Hoy es uno de esos días en donde,
por pura mala suerte, un rumor vino a mi oído.
¡Qué desdichada ráfaga de viento trajo
a mí un susurro impío, que sembró en mi mente las semillas de una amargura
terca y resistente!
Como si no tuviera suficientes cosas
en qué pensar, el Universo me ha dado hoy un nuevo pensamiento, que junto a los
otros, se torna gigantesco y monstruoso. Me abate.
A éstas alturas, a veces, me
gustaría mejor ya no pensar. Me gustaría sumergirme en una oscuridad cálida y
silenciosa, como el vientre de una madre. Una oscuridad donde no piense
absolutamente en nada. Una oscuridad protectora y benévola, como la de un
temazcal.
¡Qué buen recuerdo! Evocar el
temazcal me trae un poco de paz.
Creo que mi constante deseo de
evadir mis pensamientos, de alejarme, es la raíz de mi temor receloso hacia las
drogas. No quiero terminar como Linda, de Un mundo feliz, que, atormentada por
su realidad, se la pasaba envenenada por el Soma. Tristemente, me doy cuenta de
que padezco un estado similar, al abandonarme frecuentemente al alcohol (que
últimamente he tratado de evitar), el Facebook y la vagancia.
Ya no es suficiente, y no quiero
buscar más.
Ya no quiero pensar.
Hay veces en que uno necesita un par
de oídos. Un par de oídos que escuchen en silencio solemne y respetuoso, aquello
que atormenta a uno. Un par de oídos que no juzguen, que no hablen, que no
reprochen, que no miren. Un par de oídos que simulen la imagen religiosa de un
santo, o algún ídolo, que escucha silenciosamente la plegaria de algún
adolorido.
Si, un par de oídos. Los oídos de un
amigo. Los oídos de alguien que, a diferencia de un santo o un Dios, te abraza
cuando más lo necesitas. De alguien que simplemente sabes que te escucha y que
de hecho, ESTÁ AHÍ. De alguien a quién, cuando abraces, puedes oler su esencia,
sentir su calor, escuchar sus latidos, su respiración; sentir que hay alguien
en verdad, de tu misma especie, escuchándote. Creo que esto es lo hermoso de
ser un ser humano.
Si… Un par de oídos.
Vientos aullantes provienen del
pasado
Arrastran recuerdos asquerosos,
vivos
Y en su canto se escuchan los
lamentos fugitivos
De memorias enturbiadas por un
rencor agriado
Enterrados, parecían haberse por fin
extraviado
Y hoy el viento, una vez más, los ha
traído del pasado
Vienen a mi oído, a turbar mi puerta
Me susurran las memorias de una
época muerta
Una vez más mi cabeza está repleta
De recuerdos infelices y realidades tristes
Y recordando otra vez los años
grises
Imploro al cielo que silencie la
tormenta
Y la lucha interna se desata en mi
cabeza
Como una gran cruz, sobre mis hombros
pesa
Mi yo verdugo busca el castigo y la
sentencia
Y mi yo santo, el perdón y la
indulgencia
“¿Quién soy yo…” Me pregunto
avergonzado
“…Para juzgar a aquéllos que me hayan
lastimado?”
Y tras el silencio absurdo de la
respuesta
Abandono la pregunta, la indulgencia
y la venganza sedienta
Así pues, me abandono a mis tareas
Me distraigo cuanto puedo en mi
jornada
Sin embargo, a veces, esto no sirve
de nada
Pues la cruz, pesada y dura, me
colma de afrentas
Es entonces que busco un par de
oídos respetuosos
Que en solemne silencio, acompañen mi
pena
Que aligeren el peso sobre mis
hombros doloridos
Escuchando las historias de una
mente enferma
Si… Un par de oídos
Como los de los santos,
O como los de un Dios,
O como aquéllos que solo tienen los
amigos.
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«El ojo de Zaratustra había visto que un joven lo evitaba. Y cuando una tarde caminaba solo por los montes que rodean la ciudad llamada “La Vaca Pinta”: he aquí que encontró en su camino a aquel joven, sentado junto a un árbol en el que se apoyaba y mirando al valle con mirada cansada.
Zaratustra agarró el árbol junto al cual estaba sentado el joven y dijo:
“Si yo quisiera sacudir este árbol con mis manos, no podría. Pero el viento, que nosotros no vemos, lo maltrata y lo dobla hacia donde quiere. Manos invisibles son las que peor nos doblan y maltratan”.
Entonces el joven se levantó consternado y dijo: “Oigo a Zaratustra, y en él estaba precisamente pensando”. Zaratustra replicó: “¿Y por eso te has asustado? Al hombre le ocurre lo mismo que al árbol: Cuanto más quiere elevarse hacia la altura y hacia la luz, tanto más fuertemente tienden sus raíces hacia la tierra, hacia abajo, hacia lo oscuro, lo profundo; hacia el mal”.»
Fragmento de “Así habló Zaratustra” de Friedrich Nietzsche.


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