lunes, 25 de noviembre de 2013

Un par de oídos.

Hoy es uno de esos días en donde, por pura mala suerte, un rumor vino a mi oído.
¡Qué desdichada ráfaga de viento trajo a mí un susurro impío, que sembró en mi mente las semillas de una amargura terca y resistente!
Como si no tuviera suficientes cosas en qué pensar, el Universo me ha dado hoy un nuevo pensamiento, que junto a los otros, se torna gigantesco y monstruoso. Me abate.

A éstas alturas, a veces, me gustaría mejor ya no pensar. Me gustaría sumergirme en una oscuridad cálida y silenciosa, como el vientre de una madre. Una oscuridad donde no piense absolutamente en nada. Una oscuridad protectora y benévola, como la de un temazcal.

¡Qué buen recuerdo! Evocar el temazcal me trae un poco de paz.

Creo que mi constante deseo de evadir mis pensamientos, de alejarme, es la raíz de mi temor receloso hacia las drogas. No quiero terminar como Linda, de Un mundo feliz, que, atormentada por su realidad, se la pasaba envenenada por el Soma. Tristemente, me doy cuenta de que padezco un estado similar, al abandonarme frecuentemente al alcohol (que últimamente he tratado de evitar), el Facebook y la vagancia.

Ya no es suficiente, y no quiero buscar más.

Ya no quiero pensar.

Hay veces en que uno necesita un par de oídos. Un par de oídos que escuchen en silencio solemne y respetuoso, aquello que atormenta a uno. Un par de oídos que no juzguen, que no hablen, que no reprochen, que no miren. Un par de oídos que simulen la imagen religiosa de un santo, o algún ídolo, que escucha silenciosamente la plegaria de algún adolorido.

Si, un par de oídos. Los oídos de un amigo. Los oídos de alguien que, a diferencia de un santo o un Dios, te abraza cuando más lo necesitas. De alguien que simplemente sabes que te escucha y que de hecho, ESTÁ AHÍ. De alguien a quién, cuando abraces, puedes oler su esencia, sentir su calor, escuchar sus latidos, su respiración; sentir que hay alguien en verdad, de tu misma especie, escuchándote. Creo que esto es lo hermoso de ser un ser humano.

Si… Un par de oídos.

Vientos aullantes provienen del pasado
Arrastran recuerdos asquerosos, vivos
Y en su canto se escuchan los lamentos fugitivos
De memorias enturbiadas por un rencor agriado

Enterrados, parecían haberse por fin extraviado
Y hoy el viento, una vez más, los ha traído del pasado
Vienen a mi oído, a turbar mi puerta
Me susurran las memorias de una época muerta

Una vez más mi cabeza está repleta
De recuerdos infelices y realidades tristes
Y recordando otra vez los años grises
Imploro al cielo que silencie la tormenta

Y la lucha interna se desata en mi cabeza
Como una gran cruz, sobre mis hombros pesa
Mi yo verdugo busca el castigo y la sentencia
Y mi yo santo, el perdón y la indulgencia

“¿Quién soy yo…” Me pregunto avergonzado
“…Para juzgar a aquéllos que me hayan lastimado?”
Y tras el silencio absurdo de la respuesta
Abandono la pregunta, la indulgencia y la venganza sedienta

Así pues, me abandono a mis tareas
Me distraigo cuanto puedo en mi jornada
Sin embargo, a veces, esto no sirve de nada
Pues la cruz, pesada y dura, me colma de afrentas

Es entonces que busco un par de oídos respetuosos
Que en solemne silencio, acompañen mi pena
Que aligeren el peso sobre mis hombros doloridos
Escuchando las historias de una mente enferma

Si… Un par de oídos
Como los de los santos,
O como los de un Dios,
O como aquéllos que solo tienen los amigos.

*******



«El ojo de Zaratustra había visto que un joven lo evitaba. Y cuando una tarde caminaba solo por los montes que rodean la ciudad llamada “La Vaca Pinta”: he aquí que encontró en su camino a aquel joven, sentado junto a un árbol en el que se apoyaba y mirando al valle con mirada cansada. 
Zaratustra agarró el árbol junto al cual estaba sentado el joven y dijo:
“Si yo quisiera sacudir este árbol con mis manos, no podría. Pero el viento, que nosotros no vemos, lo maltrata y lo dobla hacia donde quiere. Manos invisibles son las que peor nos doblan y maltratan”.
Entonces el joven se levantó consternado y dijo: “Oigo a Zaratustra, y en él estaba precisamente pensando”. Zaratustra replicó: “¿Y por eso te has asustado? Al hombre le ocurre lo mismo que al árbol: Cuanto más quiere elevarse hacia la altura y hacia la luz, tanto más fuertemente tienden sus raíces hacia la tierra, hacia abajo, hacia lo oscuro, lo profundo; hacia el mal”.»


Fragmento de “Así habló Zaratustra” de Friedrich Nietzsche.

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