jueves, 12 de diciembre de 2013

Cenagosos caminos.



Noches como la de hoy, me ponen nostálgico. De hecho… muchas noches me ponen nostálgico, no sólo como la de hoy.

Resulta curioso ver cómo cambian las cosas en tan poco tiempo.
Un día le cuentas a alguien, en una peda casual, que las ausencias malévolas e inoportunas matan el cariño dentro de ti. Luego esa persona te dice que no, que eso es falta de interés, que debes alejarte, que no es tu culpa… Y cuando menos lo esperas, ella hace lo mismo. Comenzar a alejarse, a perderse en recuerdos cada vez más borrosos, hasta que de pronto ya pasaron varios días y, después, unas semanas. Y en medio de todo ese silencio una cosa: paranoia. Mil preguntas horribles. Mil respuestas peores. Todas ficticias, que dañan como si fuesen reales.
¿No era mejor decir “No, gracias” desde un principio, sin tener que hacerme pasar por ese doloroso proceso de lejanía entristecedora?
No entiendo.
No entiendo muchas cosas. No entiendo esa pinche manía mía de encariñarme de una forma tan malévola de las personas. Una forma destructiva, ponzoñosa y mala. (Como tentáculos negros, me dice una vocecilla.) Tampoco entiendo por qué me cuesta tanto trabajo olvidar. No entiendo por qué odio estar solo. ¿Será que me caigo tan gordo que ni yo me aguanto, y por eso no me gusta estar conmigo mismo?
No lo sé.
Lo único que sé, es que amo despacio. Despacio pero profundo.
Y sí… Quizás mi amor no es el mejor. Quizás está plagado de vicios y pecados, pero es porque no proviene del corazón de un santo. No soy un santo. Soy un hombre con un chingo de defectos, de miedos, de vicios… Pero soy un hombre con corazón, a fin de cuentas; Ergo, soy un hombre que ama. Con tentáculos negros, con paranoias malignas, con vicios y defectos, pero amor es amor, a fin de cuentas.
No… El amor nunca puede ser malo. Y mi amor ya ha hecho daño, al menos el suficiente como para no querer volver a verme en un buen rato. ¿Qué fluye de mi corazón entonces? ¿Qué emanaciones malignas hacen que la gente se aleje? ¿Tan repulsivo es?

“Si tienes un amigo, visítalo seguido. Las malas hierbas y las espinas, crecen en los caminos por donde nadie anda”.

No lo sé. Eso depende de qué tan bien esté cuidado el camino. De si la gente que anda por él, le pone empedrado y bonitos arbustos a los costados. O si la gente que pasa por él, prefiere tener solo un pinche sendero polvoriento, sin plantas, claro.
Yo no quiero espinas ni malas hierbas. Pero como no hay nadie que me ayude a empedrarlo, a plantar florecillas, ni a quitar las malas yerbas, ni a poner pastito; solo hay una cosa que hacer: Asfaltarlo. Y se acabó el dilema de las plantas. Malas, buenas, flores, espinas... Que nada crezca en el negro y duro asfalto, y que el camino quede libre por mucho, mucho tiempo. Sin hierbas ni espinas, ni arbustos, ni flores. Solo un camino abierto para quien quiera transitarlo, las veces que quiera, cuando quiera.
Así pues, me reservo los efluvios negros de mi corazoncillo. Ya basta de manchar almas buenas y blancas con mi veneno. Si alguien ha de ahogarse en él, ése soy yo. Pero antes, han de ser asfaltados con esa brea tóxica algunos caminillos. Que mueran las espinas y las malas yerbas, sí. Pero que no vuelva a crecer nada, para evitar futuros percances. Aunque sé que la naturaleza es implacable, que terminará agrietándose el asfalto y que de entre sus grietas, nuevos brotes de alguna planta emergerán triunfantes. Las preguntas son: ¿Qué tipo de planta? y ¿Cuánto tardará?

No lo sé. No sé muchas cosas. No sé por qué escribo esto, si ya sé que son sólo palabras. Son sólo letras que se quedan por ahí, que cibernautas errantes encuentran de forma aleatoria.
Si… Si sé por qué lo hago. Porque escribir es escupir todo ese asfalto. Es como si cada letra se llevara una gotita del veneno consigo. Una gotita menos en un alma inocente, una mancha menos en el honor de una persona. Un gramo menos de ponzoña en mi corazón. Es como si al dar clik en enviar, todas esas gotitas se fueran. Como cuando escribí una carta de odio y la quemé. Cómo me dio paz mirarla ardiendo. Cómo me dio paz saber que todo ese veneno jamás llegó a lastimar a nadie, más que a mí. Que todo eso, se convirtió en humo.
Y lo mismo pasa aquí. Un escrito tan cargado de algo inmundo, se termina volviendo un punto diminuto en la vorágine del internet. Un punto de veneno que, en medio de la infinita bondad y maldad de la web, termina neutralizado.

Adiós al asfalto, y adiós al amor. Al menos por ésta noche. Nuevas cantidades manarán de mi corazón mañana, nuevos suspiros añorarán los buenos tiempos. Pero como siempre, se perderán. En el viento y en el olvido, en el camino y en la noche, como yo me voy perdiendo lentamente en su memoria.
A éste paso de ausencia silenciosa, terminaré siendo sólo un recuerdo. Un mal recuerdo, para acabarla de chingar.
Me pregunto si me recuerda tan seguido como yo evoco su imagen. Esa es una de las preguntas que me hacen daño.
Bueh… Hasta entonces, seguiré tratando de arrancar espinas y malas hierbas, quizás un día de éstos sus pies vuelvan a pisar mis cenagosos caminos.

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