miércoles, 25 de septiembre de 2013

El señor de las moscas.

Se le observó subir dificultosamente el monte que precedía a aquél valle a donde muy pocos se atrevían a ir y de donde aún menos regresaban. Se contaban leyendas sobre ese lugar, al cual muchos llamaban “el páramo”. Un lugar plagado de muerte y perdición, un cementerio para brujos y locos, colmado de tumbas y espíritus malignos, enfermos, acechantes. Un lugar a donde la gente ciega y tonta iba a morir. Se dice, también, que en ese lugar yacen los asesinados, los asesinos, los inmundos, los pestilentes, los avergonzados, los temerosos, los pervertidos, todo aquello alejado de la gracia de Luz y que incluso las tinieblas se negaban a recibir. Ese lugar, de un cielo rojo ocre perpetuo, un lugar con árboles secos de madera negra, cuyas ramas se alzan al cielo como garras huesudas avariciosas y amenazantes, ese lugar sin vida ni luz ni tinieblas, solo una eterna penumbra.

Poco antes de emprender su camino hacia éste lugar, se supo que él había elegido el camino a la montaña. Un lugar dónde se apreciaba un brillo hermoso cuando anochecía. Se decía que él alumbraba a otras ánimas en pena, usaba, usualmente, una velita. Ayudaba a cruzar por éste camino a espíritus marchitos, moribundos. Los reconfortaba un poco con la luz que emanaba de éste pequeño sirio ardiente. Así, había ayudado a cruzar el camino a putas, rateros, drogadictos… Él era un espíritu imperfecto, como muchos otros, pero gustaba de estar en compañía de aquéllos que más solos se sentían.
No era mucha la luz y era menos el calor, pero a las sombras entristecidas les gustaba. Seguían apacibles y soñolientas, el camino hacia un lugar mejor, lejos del pasado, de los recuerdos dolorosos, lejos de la soledad.

Un día escuchó una voz que le decía: “¿De qué sirve una llama como la que portas tú, guía de las sombras? ¿No es, acaso, demasiado pequeño el halo, demasiado fría, demasiado débil? El camino que pudieres alumbrar con un fuego más grande albergaría más espíritus en pena, llevaría a más almas al descanso”. Entonces pensó dentro de sí, que quizás aquélla voz tenía razón. Pensó que con un fuego más grande podría dar más calor a quienes lo requerían. Así, una noche, pensativo, reparó en el brillo misterioso de aquélla montaña. Un brillo tan fuerte que habría semejado a un gran faro. “Un faro ­­—Pensó—. Sería bueno ser un faro para ellos”. Y emprendió su viaje. En el camino se preguntaba por qué alguien habría encendido un fuego tan alto, tan lejos, donde nadie lo alcanzaría. “¿De qué sirve un sol si no alumbra ni calienta a nadie?” Se preguntó a sí mismo. Después se respondió: “Quizás para que nadie indigno de semejante luz pueda acercarse”. Siguió ascendiendo por el camino que llevaba a aquélla luz misteriosa. Imaginaba cuán cálida sería, cuán reconfortante sería su luz, cuán agradecidos estarían los espíritus en pena al verse cobijados por semejante brillo.

Entonces llegó, y miró con asombro un gran mezquite en llamas. Su fuego era tan intenso que ni siquiera podía mirarlo fijamente. Sintió respeto, y ante éste espectáculo, se quitó las sandalias y se acercó para encender una antorcha. Qué caprichoso es el destino, pues al estar más cerca de su fuego, tropezó y cayó en las llamas. Su cuerpo chocó aparatosamente en el tronco de aquél árbol, clavándose en un centenar de pinchos que le cubrían. Rápidamente, dolorosamente, se alejó del árbol gritando de agonía. La ropa se le había pegado al cuerpo, la piel se había achicharrado, el cabello, los labios, los párpados. 

Huyó cuesta abajo, presuroso, en busca del río de lágrimas que siempre había ayudado a cruzar, se enjugó, pero los ardores no desaparecían. Las heridas, ¡oh esa terrible herida que le había hecho una espina justo en el corazón! ¡Cómo dolían! Gritaba, lloraba, pero las ánimas en penas nunca lo miraron, tan solas se sentían, tan tristes, tan entumecidas. Solo una de ellas le habló, mientras caminaba pesadamente a su lado. 

Esto le dijo: “En esa montaña arde el fuego más brillante, pero no es un pabilo ni un leño lo que la alimenta. Esas llamas arden gracias al carbón. Sólo lo negro puede arder de esa manera. En ese árbol, un alma, más negra que ninguna, arde clavada por cientos de espinas. Revestida de luz y de calor, ella llama a los que la miran por vez primera, los encandila con su luz y los atrae, pues se siente sola. Pero no es su fuego, el fuego hogareño, piadoso y apacible; no es su calor reconfortante ni su luz bondadosa. Esa es la llama de la venganza, una venganza agriada por años y años de rencor hacia la vida. Ése es el fuego del castigo, no de la esperanza. ¡Y ese fuego tizna! ¡Quema, consume! No purifica, ni guía, ni reconforta, sólo sabe lastimar, pues tanto han lastimado a esa pobre alma. 

“Dejadle, pues, arder en las alturas, tan arrogante es, tan cínica. Es ella la que alguna vez fue también guía de las sombras, quién cegada por la soberbia predicaba el castigo y no la justicia, y ser juez era su máxima felicidad. Miraba siempre con desdén a aquéllos a quienes solía llamar espíritus inferiores, y terminaba por hacerlos arder en su luz. Siempre cargaba la espada fuera de la vaina, en sus ojos miraban el verdugo y el sabueso. Nunca fue suficiente el brillo que obtenía, y así, se alejó de los ennegrecidos para iluminarse a sí misma sin compartir su chispa. Egoísta, se llevó toda su luz a la montaña, dejando a aquéllas almas que llegaban a su linde para calentarse desamparadas, solas, marchitas. Y la luz se hizo tan grande que proyectaba una sombra ominosa y terrible. 

“Entonces, en un descuido, su propia sombra le clavó en el árbol, haciéndole arder para siempre en su propia luz de castigo, de auto-castigo, de auto-sacrificio. Ahora, cual mártir, sufre el peor de los martirios: estar rodeado de luz, de brillo y de calor, pero sin poder compartirlo con nadie. En la soledad, las grandes sombras le rodean, pues su grande llama las atrae como polillas. ¿Es acaso el destino de los arrogantes? ¿No Lucifer, el portador de la luz, querubín justo a los pies del mismo Dios, no fue desterrado del paraíso al rincón más alejado de la creación? ¿No es él, el portador de la luz, quién se presenta como la panacea, el justo, el bueno, el castigado, el mártir? ¿No es él, el portador de la luz, quién yace en las tinieblas rodeado de espíritus inferiores? ¡Ése es el santo de los arrogantes!, aquél ser tan negro y tan impío que, rodeado de luz, disfrazado, se pasea entre las tinieblas siendo negro, pero alumbrando. Escucha mis palabras, oh pobre achicharrado, ¡Aléjate de aquéllas luces que se llaman a sí mismas luminosas y buenas! ¡Son almas negras las que arden en pena, dolor y sufrimiento con el único fin de mantener vivo su brillo arrogante! ¡Son éstas almas, las más negras, las que se pasean como el pavorreal en pleno día!”.

Desconsolado, entristecido, preguntó: "¿Quién eres tu?", a lo que el alma respondió: "También fui un achicharrado". Caminó entonces, rumbo al páramo, aquél lugar a donde iban a morir los más negros. Su carne, ahora tiznada, consumida, doliente, apestaba por doquier que caminaba. Se sintió traicionado, porque su amor a esa luz lo había quemado. El peso del dolor hizo sus pasos torpes y pesados, y al ser negro, se vió a si mismo como uno de los espíritus que ayudaba en su camino. "Qué triste" pensó, "Qué triste que por haber buscado el brillo, ahora yo también soy negro. He de deshacerme de ésta carne tiznada". Entonces llegó al páramo, y una vez en el centro de aquélla tumba enorme, una vez en el centro de éste lugar olvidado, hizo una plegaria, y ésta era:

Señor de las moscas.

Te ruego a ti, oh tormenta colérica
Te ruego a ti, oh viento terrible
Te ruego a ti, oh terremoto implacable
Te ruego a ti, oh sombra titánica

¡Baal Sebaoth!

A tu enjambre ruego su ponzoña
A tus moscas ruego su zumbar
Yo te ofrezco ésta carroña
¡El cadáver de un amor sin consumar!

¡Baal Zebub!

Señor del abismo, torturador de la fosa
Consume éste amor ingrato e indiferente
A ti te invoco, a ti y a tu enjambre rugiente
¡Devoradle! Libradme del dolor que me destroza

¡Beelzebub!

Arrojad sobre mí vuestra sombra
Cubridme de la luz quemante
¡Sálvame tú de la llama arrogante!
¡Ya vienes a mí! ¡Soy yo quién te nombra!

¡Belcebú!

Y su terrible invocación tronó horriblemente en las tinieblas. Un silencio ominoso se impuso en la soledad de aquél yermo, pero fue seguido por el rumor de una enorme tormenta de nubarrones negros que del horizonte provenía. El cielo se ennegreció por completo, una nube de pesadilla, formada por legiones de moscardones negros, descendió del cielo hacia el desdichado. Un grito de agonía ahogado por el terrible zumbar de las moscas, se escapó de esa pobre alma dolorida. El tornado seguía destruyéndolo, hasta el tuétano, consumiendo su carne dolorida y achicharrada. Pronto, no quedó nada más que un montón de huesos y de carne hecha jirones. Levantose aquél espantajo de su mera tumba. Sin carne en los huesos, sin rostro, sin ojos, sin corazón. Solo duro esqueleto, solo dura expresión, negro vacío en su mirada, silencio en su pecho. Solo las moscas que le habían comido zumbaban a su alrededor. Su última compañía, sus pensamientos. Su próximo destino, el horizonte de aquél valle. Su meta, recuperar su carne, sus ojos, su rostro, su corazón. 
Su Nígredo había comenzado.

1 comentario:

  1. Por fin lo terminé. Muy bien, la parte que más me impactó, citando al meme, fue:
    "Yo te ofrezco esta carroña
    ¡El cadáver de un amor sin consumar!"
    Quizá porque entiendo el contexto bajo el cual escribiste este relato.

    Tiene algunos errores ortográficos, como el acentuar todos los "este" o "esta", que no todos levan el acento. Pero equis, somos chavos.

    ¡Felicidades bebé!

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