He visto la confianza y los secretos, la piedad y el
sadismo, la avaricia y la generosidad.
He visto el dolor, la dicha, la violencia, la risa. Mis ojos
son testigos de los actos de los hombres, y de sus sentimientos, testigo es mi
corazón.
Yo he presenciado el vaivén de los vientos, de la lluvia,
del día y de la noche.
He observado las pasiones de los hombres, sus miedos, sus
sueños, sus anhelos.
He sido testigo de la justicia y la injusticia, del crimen y
del castigo, de la recompensa y de la indiferencia, y conozco también a los
justos, a los injustos, a los inocentes, a los culpables y a aquéllos a quienes
la justicia huye.
Yo conozco la verdad y la mentira, el frío y el calor, la
luz y las tinieblas.
Pero esta noche, ¡oh hermosa luna!, te veo a ti, sin tu
máscara de blanco, ni tu vestido de luz, ni el halo de sueños y esperanzas.
Esta noche, te observo como ha de observarse una estrella,
sin ser estrella. En las tinieblas, lejos de la luz del sol.
Y en cuyo seno, en cuyo negro y aterciopelado seno, puede
apreciarse el verdadero brillo de un cuerpo celeste.
Te veo ahí, te conozco ahí, libre, verdadera; sin blancas
máscaras ni vestidos amarillentos, como cuando te pones llena y luces de gala.
Te observo, te aprendo, te interpreto, ahí desnuda, en las
tinieblas, como ha de apreciarse una estrella, sin serlo.
Y observo finalmente tu verdadero rostro: El rojo. El color
de la sangre, del amor, de la guerra.
Observo tu majestuosa fuerza, tu poder cambiante, tu cruel
pasión, tu maternal cobijo. Tu deseo de dar amor y hacer la guerra a quienes se
opongan.
Observo... Aprecio... Porque al verte ahí, desnuda y libre,
comprendo y aprendo tu misterio; tu hermosa malevolencia, tu siniestra bondad,
tu increíblemente bella dualidad en el cenit de tu maravillosa naturaleza.
Madre severa, cruel, pero protectora y amorosa. Te veo, te
siento; y en mi corazón yace el deseo por la verdad.
Trae a la luz aquéllos secretos que mi corazón más oculta
entre las sombras, y envía a las tinieblas todo lo que alguna vez brilló con el
fulgor de la verdad.
¡Oh cruel y sádica amante! Dame la fuerza para enfrentar el
cambio. Dame la fuerza para cambiar también, y adaptarme.
Que esta noche hermosa y siniestramente bella, traiga
consigo nuevas verdades, y se lleve antiguos paradigmas.
Te invoco a ti, Luna, porque al igual que mi alma, ocultas
tu verdadero color tras una blanca mascarada, y esta noche, al igual que mi
alma, eres libre de mostrar tu otra faceta.


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