Estaba esperando el metro en el andén, como normalmente se hace jeje, nadie lo espera en las vías. Total… Estaba ahí esperándolo, era medio día, aproximadamente. Hacía un calor tremendo, de esos calores secos que fastidian a uno y lo dejan malhumorado. Cargando mi mochila y mi maletilla del gimnasio, y después de haber caminado 15 minutos de mi casa al metro, comprendí que no estaba de muy buen humor para hacer ejercicio, ir a la escuela y, después, hacer tarea. Bajé la maletilla para quitarme la mochila de mí sudada espalda, ya saben, para permitir que se oree un poco y no de oportunidad a que se forme la mancha de sudor. Miré al piso…
Vi un insecto moverse “peligrosamente” en el borde del andén, un poco después de la línea amarilla. Como amante de los insectos, sobre todo de los artrópodos, me acerqué a mirar qué era.
Resultó ser una pequeña Catarina (o mariquitilla). Le puse la suela de mi bota industrial (las llevaba puestas ése día, vaya que son pesadas) para que trepara sobre ella. El diminuto escarabajo trepó hasta estar casi en las agujetas. Y ahí me quedé… mirándola durante un largo rato. Tan largo fue que ni me di cuenta de que un metro se me había escapado, solo cuando vi que se alejaba.
En ese momento, cómo siempre sucede cuando no traigo mis audífonos, me comporté como un loco; y le hablé:
“Mmm… por tu culpa he perdido un metro, pequeño coleóptero, mas te vale cumplir con mi creencia y traerme buena suerte”.
Y la seguí mirando. Su andar vacilante sobre mi enorme y negra bota, de aquí para allá, de allá para acá, me tenía casi hipnotizado. Una persona me miró, luego miró mi bota y terminó mirándome de nuevo. La Catarina no era muy extraña, tenía un color rojo pálido, casi naranja, con las típicas manchas negras y blancas. No era tan linda como las de color rojo vivo, pero el hecho de ser una catarinita la hacía bella.
Otro metro llegó, y con él una sorpresa.
Abordé el vagón, sin fijarme siquiera si estorbaba o no la salida, cuidando de no ahuyentar a mi inquilino. Así pues, las puertas se serraron a mi espalda y me recargué para seguirla mirando.
Pronto me percaté de que alguien me miraba fijamente, y al mirar quién era me alegré.
Era Andrés, un viejo amigo mío de la secundaría, a quién tenía mucho tiempo sin ver.
Platicamos en el trayecto de mi viaje, que a final de cuentas resultó siendo el suyo también. Nos pusimos al tanto de las cosas más relevantes hasta entonces. Siempre cuidando de que la Catarina estuviera bien.
Así fue el 1 de marzo de 2011.
Ayer, 2 de marzo, iba sentado del lado de la ventana, en el trole. Saqué los 120 días de Sodoma, de marques de Sade, y justo cuando estaba a punto de leer obscenidades una pequeña Catarina se posó en el vidrio de mi ventana.
“¿Qué cosa me anuncias?” pregunté.
Al día siguiente, o sea 3 de marzo, mi amigo Toño, a quien también tenía mucho tiempo sin ver, me llamó al teléfono diciéndome que habrá fiesta en casa de Andrés.
Ése mismo día vi también a una persona sumamente especial, pero no como yo hubiera querido.
Y como bien dice un dicho: “para querer a alguien hay que quererse a si mismo”.
Recuerdo que de pequeño tuve una Catarina de “mascota”. Extraño mi niñez…
Hace 13 años.


la cosa está en aprender a vivir el eterno presente y la vida sigue, tu decides a dónde voltear...
ResponderBorrarLas catarinas rulz! :D
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